Entrevistas

Rául Rodrigo, ex víctima de acoso escolar: “Debes construir un mundo que te haga fuerte”

Los casos de acoso escolar en España han registrado una escalada de 240% con respecto a los índices de 2015, según datos de la Fundación ANAR (Ayuda a Niños y Adolescentes en Riesgo). Solo en 2016, esta entidad contabilizó 1.207 casos reales de bullying, y ello se ha agravado con el uso de las nuevas tecnologías, pues las redes sociales y sistemas de mensajería facilitan el acoso fuera de las horas de clase, prolongando y acentuando el maltrato psicológico. En Aragón, el panorama no es distinto: al finalizar este año, el teléfono antibullying facilitado por el Departamento de Educación del Gobierno de Aragón -900 100 456- ha recibido más de 800 llamadas. ¿Qué hacer si padecemos o sabemos de un caso de acoso escolar? Raúl Rodrigo, conferenciante y ex víctima, ofrece unas claves basadas en su experiencia. Rodrigo participó como invitado a la mesa redonda que sobre esta temática organizó en Área de Educación de la Universidad San Jorge, y en la cual también fueron invitados expertos de   la Asociación Reazycom (Familias Víctimas de Acoso Escolar) y el Cuerpo Nacional de Policía.

Por Ana Isabel Aguirre

¿Qué tipo de acoso escolar sufriste?

Yo sufrí acoso escolar físico y emocional. La parte emocional la podemos definir como aislamiento. Esa era la forma en la que me acosaban: ignorándome de los grupos, no dejándome formar parte de ellos o aislándome en los recreos. Esa parte es muy dura. Todos necesitamos sentirnos parte de un grupo, tener amigos, formar parte de algo. Pasar los dos primeros años de instituto sometido a esa soledad casi absoluta, fue muy duro. Además de la soledad es muy humillante tener que mostrarla, que cualquiera pueda verlo.

¿En qué consistió la parte física?

Afortunadamente, nunca recibí una paliza gorda pero sí golpes al entrar a clase, formar un pasillo por el que tienes que pasar, ser víctima de muchos insultos… A veces, los acosadores disfrutaban haciéndome pasar miedo sin hacerme nada. Lo más grave que me sucedió fue que llegaron a tirarme colonia en los ojos. No me pasó nada, pero tuve que ir al centro de salud. Tuve la suerte de que me lo pudieron limpiar a tiempo y no sufrí ningún daño ocular, pero podría haber perdido parte de visión. No tenían medida.

¿Cómo conseguiste contarlo?

Es una de las cosas que cuento en las charlas, les digo: “Esto hay que contarlo y  denunciarlo”. Yo pensaba que mi situación la sabía todo el mundo. Cuando tú estás viviendo una situación dolorosa y dramática, sea la que sea, piensas que vas con un cartel luminoso y que todo el mundo se está dando cuenta de lo que te pasa, y no es verdad. A raíz de empezar a dar estas charlas me hicieron una entrevista en una radio y la escuchó mi madre. Me llamó y me dijo que ella no era consciente de que hubiese vivido todo esto. Yo aluciné, pensaba que mi madre sabía todo. Con lo único que se quedaron mis padres fue con la ‘anécdota’ de la colonia y pensaban que era un tema puntual. Entonces eché la vista atrás y me di cuenta de que nunca les dije a mis padres: “Esto me está pasando en el instituto”. No lo conté porque se fue con el tiempo, pero no porque yo tomara la decisión de contarlo.

¿Que herramientas necesitan los jóvenes que están sufriendo acoso escolar para superarlo?

Si tuviese solo un minuto para estar con una persona que sufre acoso le diría: “Constrúyete un mundo fuera de aquí”. Para mí, es lo más importante. No quiero simplificar el mensaje. Por supuesto, hay que luchar porque eso acabe, hay que empoderarse, hay que luchar por volver al instituto o al colegio con tranquilidad, con paz, con dignidad. Pero creo que la medida más inteligente que alguien puede hacer es construirse un mundo fuera de ese lugar. ¿Cómo? Pensando: “Qué es lo que a mi me gusta y me llena. Qué aficiones tengo”. Apúntate a eso que te gusta, pero en la otra parte de la ciudad y llega como una hoja en blanco. No cuentes nada con el roll del victimismo porque corres el riesgo de volver a ser “tildado de”. Debes construir un mundo que te haga fuerte, ello te va a dar valor para ser capaz de renunciar a esa gente del instituto. Al estar más fuerte -y esto es casi magia- las cosas se van a ir solucionando casi sin que tú hagas nada. De ese modo, la gente te ve mejor, la gente ve que tú estás más feliz, más fuerte. Entonces el que te está acosando se empieza a replegar.

“Lo que yo digo siempre en las charlas es: Como mínimo cuéntalo a alguien”.

 

¿Qué puede hacer la víctima para evitar que sigan acosándole?

Es muy complicado. Hay que denunciarlo, hay que contarlo porque así el acosador empieza a ver que tiene consecuencias, a valorar también y a medir. Lo primero que hay que hacer es contarlo y caminar hacia todo eso que te haga más fuerte para un día ser capaz de mirar a los ojos al que te está acosando y no sentir miedo. Salir del miedo de una manera eficiente y rápida es muy difícil. El camino va por ahí, por la búsqueda.

¿Dónde puedes denunciarlo además de a los profesores?

Puedes denunciar en la propia policía de manera formar e institucional. Lo que yo digo siempre en las charlas es: “Como mínimo cuéntalo a alguien”. Entiendo que den miedo las consecuencias de la denuncia, pero cómo mínimo cuéntaselo a un adulto, aunque le pidas que no haga nada. Eso es algo importantísimo porque te va a ayudar a tomar decisiones y a ver que los monstruos no son tan grandes. Que los monstruos no sean tan grandes no quiere decir que el problema no sea tan importante como lo son. Hay que contarlo siempre. Aunque elijas una persona que no quieres que tome decisiones: a un profesor a quien le pides que no lo cuente a dirección, a tus padres aunque les pidas que no hagan nada, a un hermano mayor, a un primo, un amigo… A poder ser un adulto.

En tu caso, ¿qué te ayudó a superarlo?

Yo sufrí acoso en un entorno rural, en un pueblo de unos 300 habitantes dónde yo vivía. Iba al instituto que estaba en Calamocha, un pueblo más grande, pero mi pueblo era pequeño, lo que me imposibilitaba forjarme un grupo fuera del instituto. Tuve la suerte de empezar a forjar un grupo de amigos con gente que venía de Zaragoza los fin de semana y en verano. Empezamos a crear un grupo, que por lo menos para mí, dos días a la semana de viernes a domingo, sí que tenía amigos, me sentía querido. Era una persona que gustaba, que podía caer bien. Y eso es lo que me fue dando fuerzas para seguir adelante y para salir.

“Disfrutaban haciéndome pasar miedo. Llegaron a tirarme colonia en los ojos. Tuve la suerte de no sufrir ningún daño ocular, pero podría haber perdido parte de visión”.

¿Tus profesores te ayudaron?

Sí, me ayudaron en lo que yo les permitía. Yo muchas cosas las escondía. No quería ser la víctima. Por ejemplo con el episodio de la colonia se volcó todo el claustro de profesores, dieron charlas improvisadas muy duras para dejar ver que ellos estaban detrás respondiendo. Además, academicamente fui muy buen estudiante, tuve unos años muy brillantes. Me sentí muy apoyado por los profesores en ese sentido. Gracias a ello, pude mostrar que sí que era válido en algo,  que no solo valía el que jugaba a fútbol. Sí, me sentí muy apoyado.

¿Cómo afectó el acoso sufrido durante tu infancia en tu edad adulta?

Afectó sobre todo a los primeros años en los que yo me vine a estudiar a Zaragoza. Tuve la suerte de entrar en la facultad y tener un grupo de amigos que todavía conservo. Los primeros años, tenía muchísimo miedo a perder a la gente y a no merecer a ese grupo de amigos, a no merecer a la gente. Muchas veces vivía situaciones casi de pánico o irracionales. A lo mejor, el grupo de amigos había quedado a comprar ropa y no me habían dicho nada porque no había surgido, y yo sentía que no me querían e iban a dejar de ser mis amigos, lo pasaba muy mal. Ahora puede parecer una anécdota, pero me costó mucho volver a confiar en la vida. Luego me pasaba una cosa curiosa. Cuando iba por la calle y escuchaba a un grupo de chavales gritar, pensaba que me estaban gritando a mí y lo pasaba francamente mal. Pensaba que venían a por mí y no era cierto, pero para mí sí.  Cuesta un tiempo volver a serenarte. Volver a cambiar todas esas voces cuesta un tiempo. Volver a tener seguridad en ti mismo, no tener miedo a confiar en la gente cuesta un tiempo, pero se consigue.

Universidad San Jorge