Entrevistas

Lola Rodríguez: «El dolor físico se va, el mental no»

Todas las gimnastas, tarde o temprano, pronuncian las palabras “estoy harta, yo quiero vivir”. Lola (20 años) no fue la excepción. Desde niña, se expuso a entrenamientos interminables, competiciones a kilómetros de su ciudad y una exigencia y disciplina constante. Eso mismo fue lo que le llevó al Campeonato Mundial de Gimnasia Estética en 2017 junto a sus compañeras con tan solo 12 años. Años después, tras haberse alejado de este mundo, tiene claro que no se arrepiente de nada y agradece todas las oportunidades, enseñanzas y experiencias que le ha dejado esta disciplina. 

ME PASABA EL DÍA DANDO VOLTERETAS: Empecé en la gimnasia rítmica como muchas niñas: apuntándome a la extraescolar del colegio. Mi entrenadora vio que tenía capacidad, habló con mis padres y me propuso cambiarme oficialmente al Club 90 de Huesca. Era una niña muy inquieta y, con el tiempo, entendí que tenía que acabar ahí. 

EL CAMBIO FUE POCO A POCO: Cuando empecé en el club aun lo veía como una extraescolar. Tenía cinco o seis años y ya no iba con mis amigas de clase, sino con niñas de toda la ciudad. Los entrenamientos eran muy tranquilos: dos días a la semana, una hora y media, y algunas exhibiciones. Tras el segundo año empezó a ser algo más serio.

A los ocho años, Lola comenzó a competir en campeonatos en Huesca, y un año después, en Aragón. “No sé cuando debió ser mi primer campeonato nacional, pero no tendría mas de 10 u 11 años”, comenta. En estos tres años, todo se convirtió en algo “de verdad”. 

UN MAILLOT AZUL Y UNAS CUERDAS: Me acuerdo de mis primeras exhibiciones con seis años, con un maillot azul y cuerdas. Aún conservo la copa que nos dieron. En mi primer equipo íbamos vestidas de soles y también guardo ese traje. No recuerdo tanto el momento de competir, porque me concentraba mucho, pero sí de estar en las gradas con todas como una familia. 

Para entender el camino de Lola, hay que detenerse en el sistema competitivo. Las clasificaciones se organizan por edades y territorios, como en cualquier deporte. En el ámbito nacional es donde aparecen los distintos niveles: base, absoluto y primera división, “Ahí está lo mejorcito”, comenta. Este ascenso no siempre es una elección: quedar entre las ocho primeras obliga a dar el salto, aunque también puede ser decisión del club si considera que la gimnasta está preparada. 

Lola vivió este cambio como una presión añadida. Aunque en un principio no se sentía así, fue en las Jornadas de Tecnificación de la Federación Aragonesa de Gimnasia cuando empezó a notar la diferencia. “Había gente muy buena que se lo tomaba muy en serio, se respiraba en el ambiente”, recuerda. Todas eran nivel absoluto menos ella, que competía en base, y esa diferencia empezó a pesar. “Pensé que yo también debía ponerme a su nivel”, explica. 

“Daría lo que fuera por volver ahí”

ES UN DEPORTE QUE TE OBLIGA A SER PERFECCIONISTA: Llegaba a mi casa y me ponía a estirar para ser más flexible. Tenía que ser mejor todo el rato. Mi entrenadora me podía exigir hacer bien una rutina, yo, la perfección constante. Hasta cuando no estaba haciendo rítmica, tenía que ser perfecta. Acabas aplicando la disciplina a tu vida sin darte cuenta. Si tenía dos horas para estudiar un examen, me obligaba a estar ese tiempo solo para estudiar. No tenía más.

HASTA QUE NO TE SALIERA PERFECTO NO TE IBAS A CASA: Una semana normal era ir a clase por la mañana, comer en casa de mi abuela y a las 16:00 ir a entrenar. Primero, trabajábamos el conjunto y luego, el ejercicio individual. Los entrenamientos eran largos y exigentes: lunes, miércoles y viernes. En ocasiones nos quedábamos haciendo “enteros» hasta las diez de la noche, hasta que no tuviéramos ni un fallo.

El club de Lola dejó “un poco de lado” la gimnasia rítmica para centrarse en la gimnasia estética. Ella, sin embargo, continuó entrenando rítmica de forma individual mientras formaba parte de un conjunto de estética. Estas disciplinas tienen diferencias: ambas se desarrollan en un tapiz, pero en estética no se utilizan aparatos y puede haber entre 6 y 12 gimnastas compitiendo, mientras que en rítmica son solo 5. Además, las rutinas son más largas y buscan contar una historia a través de la música y el movimiento. “Es muy artístico, es como un teatro”, explica. 

TENGO LA SUERTE DE HABER PRACTICADO CON TODOS LOS APARATOS: aro, pelota, cuerda, mazas y cinta. Con la cinta nunca llegué a competir, pero me encantaba. El aro también lo disfrutaba mucho, aunque prefería trabajarlo en individual: así, si fallaba, era cosa mía. En conjunto me lo tomaba muy personal. De estética, en cambio, me gustaba todo. Era un tapiz en el que podía expresarme sin preocuparme de que se cayera una maza o el aparato saliera del espacio. Con la estética me permitía explotar. Con la rítmica, me tenía que contener.

NO ME ARREPIENTO DE ABSOLUTAMENTE NADA: No podía ir al viaje de fin de curso, pero estaba en Finlandia compitiendo. Las experiencias que se iban por un lado las ganaba por otro. Hubo una época en la que estaba enfadada con la rítmica y con el mundo. La cabeza jugaba malas pasadas y me preguntaba por qué no podía estar un viernes por la tarde con mis amigos y, en cambio, estaba aguantando gritos. Pero valió la pena. Daría lo que fuera por volver ahí. 

ENTRENAR TANTO IMPLICABA MIL HORAS EN EL FISIOTERAPEUTA: Era muy propensa a lesionarme: el tobillo, la rodilla, el codo. El cuerpo dejaba de responder y, aun así, tenía que dar más de mí. El dolor físico se va. El mental, que te empuja a hacer todo perfecto, no. 

En 2017, Lola y sus compañeras de categoría infantil (10-12 años), tras competir en diferentes ciudades de España, consiguieron el oro en el XIII Campeonato de España de Gimnasia Estética de Grupo. Este resultado fue el que les permitió clasificarse para el Mundial de Gimnasia Estética de Grupo de su categoría. Ese mismo año, viajaron a la capital finlandesa para competir. 

“Hasta cuando no estaba haciendo rítmica, tenía que ser perfecta”

QUEDAMOS PRIMERAS Y NO NOS CREÍAMOS: En el campeonato nacional, había un equipo de Cartagena que solía quedar primero. Llevaba años siendo así. Siempre habían sido ellas y nadie se cuestionaba ser mejor. Tras acabar nuestra actuación, nos sentamos en el sofá desde el que se espera la nota, todas cogidas de la mano. Cuando nos dijeron que habíamos quedado primeras no nos lo creíamos. Así fue durante toda la temporada. 

TODO ESE AÑO FUE SURREALISTA: Lo recuerdo como un año bonito, pero estaba enfadada con el mundo. No me gustaba el maillot, ni la música, ni nada, pero miro atrás y fue un proceso increíble. El mayor sueño de una niña que siempre ha hecho gimnasia rítmica es ir al mundial o a las olimpiadas, y yo lo estaba viviendo. Buscamos patrocinadores hasta debajo de las pierdas, nos hicimos ropa personalizada y sesiones de fotos. No me lo podía creer. 

COMPETIR FUE LO QUE MENOS NOS IMPORTÓ: Nos bañamos en agua helada, hicimos turismo por Helsinki, nos paramos en todos lados a hacernos fotos. A la hora de entrenar, veíamos a todos los equipos y pensábamos: ¿qué estamos haciendo aquí? Todas eran muy buenas, y nosotras solo estábamos ahí con nuestras ganas y nuestra actitud. No me acuerdo del puesto en el que quedamos, pero en vez de compararme con las gimnastas, las estaba apreciando. 

ESTOY MUY AGRADECIDA CON MIS PADRES, SIEMPRE LO ESTARÉ: He tenido la gran suerte de que, si hace falta que mis padres vayan a Finlandia por mí, van. Al fin del mundo si hace falta. Sin ellos sería imposible llegar hasta ahí. En el tapiz se ve solo un minuto y medio, pero ellos, casi todos los viernes, dejaban y recogían a su hija del entrenamiento; cada fin de semana viajaban a una parte diferente de España; y se pasaban horas decorando los maillots. Era el equipo de fuera. 

Después de muchos años en la gimnasia, Lola confiesa que no es raro que las gimnastas se retiren jóvenes. “Lo he dejado tantas veces. Normalmente te retiras muy joven porque el cuerpo no da a más”, dice. Su primera retirada fue en Huesca, la ciudad donde se ha criado, en 2021, con el Club 90 Huesca. Cuenta que fue un momento duro y emotivo. Se despedía de la gente que había visto lunes, miércoles, viernes y fines de semana desde que tenía diez años. 

Sin embargo, el amor por la gimnasia la llevó a volver al año siguiente, retomando la rítmica con un conjunto de sus antiguas entrenadoras. Fue con ellas que terminó como suplente en el campeonato nacional de 2022 en Santander debido a una lesión. “Me retiré por segunda vez abrazada con la gente que prácticamente me había criado por las tardes”, explica. 

“Competir fue lo que menos nos importó”

QUIERO QUE ACABE AHORA Y QUIERO QUE ACABE ASÍ: La última vez que me retiré fue con el Club 2000 Barbastro. Una de mis entrenadoras me ofreció unirme al equipo y pensé, ¿Por qué no? Tenía 45 minutos de viaje, estaba en segundo bachillerato, y además, conocía a las chicas del equipo, pero no eran mi gente. Aun así, acepté. El equipo, al saberlo, empezó a gritar y a abrazarme. Si tenía pensado que no iba a encajar, esa idea había desaparecido. Sabía que era mi último año porque empezaba la universidad. El último campeonato fue en Huesca y a mitad del montaje estábamos llorando. Mirabas a nuestros padres, a las entrenadoras… todos lloraban. Al terminar, en vez de saludar en línea en el tapiz, todas fuimos corriendo a abrazarnos. Tenía claro que quería que ese fuera mi último recuerdo como gimnasia. 

ME GUSTA HABER CERRADO EL CÍRCULO: He pasado por todos los roles. Me saqué el título de entrenadora y estuve entrenando a niñas en Barbastro. A mí me encantaba. Veía a las niñas que, aunque se lo dijeses ocho veces, no estiraban el pie. Me recordaba a mi entrenadora cuando me corregía de pequeña. Cuando me fui a Valencia a estudiar, me planteé si seguir, pero preferí cerrar todo ahí. 

NO HAY DÍA EN EL QUE NO ME ACUERDE DE LA RÍTMICA: He aprendido que todo puede acabar en cualquier momento, y hay que aprender a disfrutarlo. A tener paciencia, no solo contigo misma -porque si no te vuelves loca- sino con un equipo, entendiendo a los demás. 

ME DIRÍA QUE NADA ES TAN GRAVE: No hay que ofuscarse tanto. A veces, hacía un mal entreno y se me fastidiaba toda la semana. En realidad, solo hay que aprender a relativizar un poco. Al final, no se cae el mundo por un día malo. El siguiente será mejor, y está en ti decidir que días serán buenos o malos.  

Acerca del autor

Diana Perbech

Comentar

Clic aquí para escribir un comentario


Universidad San Jorge