Reportajes

De plazas a pantallas: cómo ha cambiado el escenario del amor

Escrito por: Diana Perbech y Patricia Giménez

Una mujer humilde como Aurora, de 84 años, recuerda aquellas noches en las que mientras ellos se armaban de valor, ellas esperaban pacientemente a su turno en el salón de baile. Con tan solo 20 años no se consideraba una persona enamoradiza, es más, siempre negaba la gran pregunta: ¿Quieres bailar? Sol (27 años), en cambio, solo escuchó la notificación. Cuando aterrizó en Barcelona desde Las islas, con la esperanza de rehacer su vida, le dio una oportunidad a Bumble. No buscaba “el amor de su vida”, pero dos años y medio después esa “oportunidad” tiene nombre: Ana.

Aurora se describe como una mujer “humilde y familiar”. Criada en un contexto de postguerra y tras una infancia en el pueblo, era una joven sonriente y amable, pero difícil de conquistar. Tras múltiples visitas a los salones de baile en Huesca, conoció al amor de su vida con el que compartió 60 años. Antonio era una persona trabajadora y enérgica. Con él tuvo tres hijos: José Antonio, Ángel y Javier. Aurora los describe como “nerviosos perdidos”, pero gracias a ellos Antonio demostró ser buen marido y mejor padre. 

Sol prefiere que su círculo hable por ella, pues sus amigos la definen mejor que cualquier etiqueta. Como su nombre inspira, con un tono cálido, dice ser cercana y parlanchina. Tras un match en la aplicación de citas Bumble conoció a Ana. Con su acento gallego se caracteriza por ser resolutiva y calmada. Aunque todo empezó con un ritmo lento, se imaginan la boda en ocasiones, aunque no de forma tradicional, sino como una forma de reunir a sus personas más queridas. 

Irene Martínez ejerce como psicóloga y sexóloga desde hace 5 años, acompañando a personas LGBTIQ+ que encuentran compleja la manera de entenderse y vincularse. Llegó a la psicología por vocación y una “sensibilidad especial” para escuchar a otros. Habla del concepto del amor como un término que, con el paso del tiempo, se ha diversificado y se ha vuelto más heterogéneo. Menciona que el constructo al que se conoce como “amor” ahora se estudia como fenómeno sociocultural además de psicológico: el amor romántico sigue existiendo, pero no solo responde a un único modelo, sino que ahora está influido por la cultura, la tecnología y la identidad de las personas. 

Con el desarrollo, la sociedad ha cambiado y los más jóvenes no conocen el amor como síntoma cultural, es decir, es más personal, más libre y no entiende de cánones y patrones, apunta la psicóloga. A la vez que unos se acercan a Tinder o Bumble, otros se alejan y comienzan a popularizar conceptos como los “matrimonios lavanda”. El diario argentino Infobae lo define como “uniones basadas en amistad, valores o estabilidad”. 

Habiendo vivido lo que la sociedad conoce como una verdadera historia de amor, Aurora lo tiene claro. Las aplicaciones de citas no sustituyen a los bailes en las plazas, las preguntas inesperadas y las mariposas en el estómago. “Las cosas de frente. Así se conoce a la persona”, comenta. Con una mirada más actual, Sol defiende las biografías como presentación de las personas y los chats de mensajes como primera toma de contacto. 

Sol aclara que la sociedad vive en una era muy romántica, pero que todo depende mucho de las expectativas con las que vaya cada persona a conocer pareja. “Me facilitó conocer a alguien, pero para otra persona puede ser todo lo contrario dependiendo de su mochila emocional”, añade. Aurora, al contrario, con el semblante serio, afirma que el romanticismo se ha perdido, que las apps de citas no le convencen y la sociedad se ha vuelto “muy egoísta”. 

Antes, la primera impresión era un gesto, ahora es una biografía. El azar era geográfico, actualmente es estadístico. Según EAE Business School, el 74% de los usuarios que han utilizado aplicaciones de citas, valoran positivamente la experiencia.

¿La tecnología ha enriquecido o ha empobrecido las relaciones amorosas?

“Creo que hay que denominarlas apps de citas. Cuando les damos uso no dejamos de ser cierta mercancía”, explica Sol. Los más jóvenes, además de utilizar este tipo de aplicaciones, también usan redes sociales como Instagram, en las que siguen siendo un “producto”. En estos casos, menciona Sol, es cuando ponen su cuerpo en un escaparate y a merced de la red.

Martínez reflexiona sobre este tema y explica que tener más opciones no siempre hace sentir más libres. A veces ocurre justo lo contrario. La conocida paradoja de la elección hace que, cuando la oferta parece infinita, aparezca una sensación incómoda de reemplazo constante. Se elige rápido, se descarta aún más rápido y se instala la idea de que quizá, con un solo gesto más, pueda aparecer alguien mejor. No es falta de interés, es “saturación”.

Este tipo de aplicaciones, además, colocan a las personas en una especie de escaparate permanente. Todo entra primero por los ojos: una foto, dos frases, un swipe hacia la derecha. Se decide en segundos y se sigue adelante. En ese ritmo acelerado, la confianza ya no se construye poco a poco, como fuera de la pantalla, sino que queda condicionado a la primera impresión. Martínez señala que “esta dinámica acaba influyendo en cómo nos vemos y cómo nos valoramos”, reforzando una lógica en la que mostrarse pesa más que conocerse, y donde el encuentro se vuelve rápido, ligero y sustituible.

Antes llegabas a los salones y al ritmo del Dúo Dinámico la separación entre chicos y chicas era evidente. “A mí me venían mucho a buscar para sacarme a bailar, pero siempre decía que no”, añade Aurora. Entre ellos se reían y apostaban por la oportunidad de bailar con ella. 

Cuando conoció a Antonio en uno de esos salones al son de la zarzuela, prefirieron pasear por el Coso de Huesca en vez de hacer lo que todos hacían. A las 22:00 h. Aurora tenía que estar en casa y a las 23:00 h. encamada, pero no sin antes disfrutar una copa de vino entre los dos. “Nos tomábamos una cosita. Él se tomaba un vasito de vino y como yo no bebía, pero tenía que pedir algo, Antonio se tomaba los dos”, recuerda con cariño. 

Probablemente las oportunidades de ahora sean mayores que las de antaño, pero la magia estaba en ese primer intercambio de miradas. Aurora es la definición de haber podido elegir personalmente su compañero de vida entre paseos largos y risas espontáneas. 

Por otro lado, Sol y Ana tenían horarios opuestos y la duda de gustarse la una a la otra estaba presente. Tras hablar mucho por WhatsApp se dieron cuenta de que tenían gustos similares. “En nuestra primera cita lo que más me llamó la atención es que tenía una rata de mascota y que la llevaba de viaje”, dice entre risas. En su relación todo fue muy despacio, tardaron hasta un mes en besarse, pero luego todo fue rodado. Un día fue a buscarla al trabajo y después de su primer beso vinieron conciertos, planes y quedadas con amigos junto a la gran pregunta: ¿Quieres ser mi novia? “Fue la primera vez que cogía a alguien de la mano sintiendo que era una relación y que quería que funcionase”, recuerda Sol con ojos brillantes. 

Por parte de Irene Martínez, la diferencia no reside en las oportunidades, sino en el salto generacional que diferencia ambas épocas. Martínez habla de que los jóvenes criados en un contexto digital en el que redes sociales han marcado su día a día, muestran un ritmo más acelerado en inicios relacionales. Sin embargo, las generaciones mayores mantienen “estructuras del cortejo tradicional”. 

Tal vez el amor no haya cambiado tanto como lo han hecho los escenarios en los que se daba. Antes era un salón iluminado, una hora límite y un paseo que valía para toda la vida. Hoy, todo eso ha pasado a una pantalla, una vibración, mensajes de voz y silencios digitales. Aurora guarda el amor en el recuerdo de la música y las miradas cómplices; Sol, en el desbloquear el teléfono y abrir una app. Ambas historias muestran el camino entre lo físico y lo digital. 

Irene Martínez lo resume desde la consulta: No estamos menos dispuestos a amar, simplemente estamos más expuestos. “Hay más opciones, más libertad, pero también más fragilidad”, declara. Menciona que el reto ahora mismo no está solo en encontrarse, sino en saber gestionar ese salto que hay que dar del algoritmo al abrazo y de un perfil a modo de escaparate a un gesto real. 

Quizá el amor siga siendo eso que se da cuando dos personas conectan y deciden compartir su vida. Pero la duda es: Aunque todo pase rápido, ¿vamos a saber cuándo quedarnos?

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