“Hola, buenas noches. Mi nombre es Victoria Carrot. Algunos ya me conocéis, con otros todavía no me he acostado.” La sala está a oscuras, la música se ha parado y escucho esta voz a mi espalda. La gente se emociona y al girarme estaba ahí. Un top de brillos, unas medias de rejilla y un maquillaje a la altura de su actitud chulesca y sin vergüenza. Al ritmo de “All the things she said” de las rusas t.A.T.u. empezó a moverse por el escenario. Cada gesto, cada paso, cada mirada me hipnotiza más. Año y medio después estoy sentada en un bar en el casco histórico de Zaragoza tomándome una cerveza con ella. O, más bien, él. No estoy con Victoria Carrot sino con Jorge Cobo, drag queen (2000).
“¿Cómo estás?”. La primera pregunta que, botellín en mano, Cobo me responde como un amigo más, de esos con los que te sientas después de muchos años para poneros al día. Poco a poco, la conversación se vuelve más seria aunque él nunca pierde el humor. Su vida en el pueblo, cómo escapó de él, la homofobia que sufrió en el instituto o su filosofía de vida que nos recuerda a la famosa frase latina carpe diem. Habla con calma pero con ligereza demostrando que ha aprendido a seguir su camino riendo.
CUANDO ME MOSTRÉ COMO SOY EMPEZARON LOS PROBLEMAS. Nací en España, pero con 11 meses mi familia se mudó a Bélgica donde estuve hasta los cinco años. No me acuerdo de mucho aunque volví el año pasado y me vinieron algunos recuerdos. En el colegio estaba cómodo, pero, a medida que empecé a mostrarme tal y como soy, con esa “pluma” que siempre había estado presente, fue cuando empezaron los problemas. Las diferencias eran evidentes y eso me hacía destacar.
Mientras recorremos su infancia, recuerda con cariño quién fue en esos años. Entre risas y con brillo en sus ojos, me confiesa su mayor sueño de pequeño: “De pequeño siempre decía: yo quiero ser famoso”, cuenta. Hace una lista de todo aquello que le apasionaba. Modelar, fotografiar, pintar, coser… Viéndolo en retrospectiva, y como él bien dice: “Yo no sabía que iba a ser drag, pero tenía que ser drag”.
UN DÍA ME HICIERON UNA PINTADA EN LA PARED DEL INSTITUTO. Tenía unos 15 años. Ponía mi nombre y, al lado, una serie de insultos homófobos. Como siempre he tenido una personalidad fuerte, cogí el móvil, le hice una foto y se la enseñé al director. Cuando lo vio, lo único que le llamó la atención fue que estuviera con el móvil en clase. Me sentí arropado porque, afortunadamente, muchas personas me apoyaban, pero que el instituto no se involucrara me afectó bastante.
ME GRITABAN MARICÓN POR LA CALLE, COMO A CUALQUIER MARICÓN EN UN PUEBLO. También recibía llamadas telefónicas sobre temas muy personales que no eran simples ataques, tenían claros tintes homófobos. Llegó un punto en el que fuimos con mi madre a la Guardia Civil. No ayudaron mucho. No quisieron escuchar ni implicarse demasiado así que me dijeron que era culpa mía por atender llamadas de un número desconocido.
CUANDO SALÍ DEL ARMARIO ESTUVE UN MES SIN HABLAR CON MI MADRE. Fue horrible. Me acuerdo perfectamente del día en el que se lo conté. No la culpo, ella tenía miedo, prejuicios, estaba desinformada… Al final todo ha cambiado para bien y ha querido aprender y desaprender muchas cosas. Nos hemos enseñado mucho el uno al otro y estamos muy agradecidos de ello. Ahora es mi mayor apoyo.
Decidido, describe la situación como dolorosa y complicada, pero en su voz se escucha gratitud. Orgulloso de hablar de su madre como una amiga, echa la vista atrás y recupera uno de los muchos recuerdos en los que le defendió. “En unas fiestas de un pueblo me lié con un chico y el segurata nos echó”, explica. Aclara que en esa fiesta había otras parejas heterosexuales besándose e, imitando la voz de su madre y todavía sorprendido por lo ocurrido, replica las palabras que utilizó para defenderle mientras agarraba la camiseta del guarda de seguridad: “¡Como vuelvas a echar a mi hijo de un sitio por liarse con otro tío, verás!”.
SIEMPRE HE TENIDO BASTANTE MADUREZ MENTAL. A día de hoy me diría que me relajase, que solo son cuatro garrulos que no saben lo que están haciendo. Algún día te dejarán propina en un bolo. La gente viene y va; tú solo tienes que seguir adelante, apoyarte en tu familia y en las personas a las que les importas. Si te lo propones vas a ser muy feliz. No me haría caso, pero, ¿qué adolescente hace caso?
CUANDO ME MUDÉ A ZARAGOZA SENTÍ LIBERTAD. A los 21 me fui del pueblo. Necesitaba salir de ahí. No tenía miedo. Para mí, mudarme a la ciudad significaba tranquilidad. Me permitió ser quien soy sin tener miedo a ser juzgado. Estaba tan agobiado que fue un cambio que me permitió desinhibirme y descubrirme a mi mismo.
La conversación va derivando hacia el drag con naturalidad, como si fuese inevitable. Habla con euforia de su primer acercamiento a este arte, cuando lo maquillaron para carnaval hace unos pocos años y solo recibió halagos esa noche. Desde entonces, no ha parado de explorar esta expresión tan creativa y liberadora, que significa tanto para él.
CADA VEZ QUE ACTÚO, APRENDO. No me gusta recordarlo, pero la primera vez que me subí a un escenario me puse súper nervioso. Vinieron a verme mis padres, mi hermana, mis primos, mis tíos… Se me olvidó la letra de la canción, rompí el vestuario y fui hecho un cuadro. Sentí mucha presión. Ahora sé que la última vez que actúe no va a ser como la siguiente, siempre va a haber algo que corregir.
EL DRAG ES POLÍTICO. Te permite ser libre y lanzar un mensaje. Salir a la calle con unos tacones y una peluca es política: genera miradas y comentarios. No es solo un maricón pintado que baila en un escenario, es una expresión artística y un movimiento. En mis shows he criticado, sobre todo, a políticos y la precariedad laboral. El drag me permite lanzar el mensaje que quiero con total albedrío.
HAY PERSONAS QUE TE PREGUNTAN CUÁNTO COBRAS. Son los famosos chaser: hombres, normalmente, que les gusta ese objeto sexualizado de una mujer con pene. Mi drag tiene mucho erotismo, pero no soy una trabajadora sexual. Aunque esto sea mi pasión, es un trabajo, y me desagradan profundamente esas situaciones. Dan asco.
NO ME GUSTA PENSAR EN EL FUTURO. Me encanta ir sobre la marcha y disfrutar del momento. No pienso en comprarme un piso, ni en que me voy a casar… me gusta fluir. Tener todo cuadriculado me abruma. Tengo el presentimiento de que me va a ir bien, y si no es así, no me dará vergüenza pedir ayuda.
CUANDO ME VAYA A MADRID VOY A LLEVAR ARAGÓN POR BANDERA. Zaragoza está muy infravalorada y quiero que la gente vea que aquí hay artistas y movimiento. Aunque también pienso que estos últimos años, por cómo se han gestionado ciertas cosas, ha perdido mucho color y tenemos que luchar para devolvérselo.
TODO EL MUNDO DEBERÍA ESTAR EN DRAG UNA VEZ EN SU VIDA. Cuando soy Victoria, me transformo, pero no solo físicamente. Me siento tan poderosa que digo todo lo que se me pasa por la cabeza. Todos tenemos un lado más femenino, y entrar en drag te permite sacar lo que llevas dentro. Cuando yo lo conseguí, me sentí muy orgulloso de no tener que esconderlo. ¿Parezco muy gay? No, soy muy gay.



















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