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Pesadillas (columna literaria)

En mi antiguo colegio había seis clases de bachillerato. Tres por cada curso. En total, casi  200 alumnos. Es improbable pensar que entre tanta gente alguien no tuviera amigos, pero no era así. En la hora del recreo, la clase nunca estaba vacía. Siempre había una persona que se quedaba en su interior. Quizás su pelo, que le cubría toda la cara, la hacía invisible a los ojos de los demás.

Yo sólo conocía a la ‘chica invisible’ por comentarios que hacían los demás, ya que coincidía con ella muy pocas horas a la semana. Siempre me la imaginaba, pero nunca le ponía rostro, aunque la tenía cuatro asientos delante de mí. Gracias a un trabajo grupal, le puse cara. Mis compañeras le hicieron comentarios despectivos, pero ella, que parecía Goliat, cayó rendida ante cinco Davids que no le llegaban ni a los hombros. Sus ojos, que parecían estanques, me trajeron recuerdos.

Cuando tenía nueve años, conocí a la primera ‘niña triste’. Se parecía a la ‘chica invisible’ en su mirada asustada y dolorida. La ‘niña triste’ tuvo que irse del colegio porque ya estaba cansada de que la gente le tirara piedras para que el agua de sus estanques saliera en todas direcciones. Recuerdo haber hablado con profesores acerca de ese tema, pero siempre la respuesta era: “Olvídalo. Preocúpate más por ti”. Con las maestras nunca pude hablar porque ellas aplaudían aquel funesto espectáculo. Gracias a la ‘niña triste’ conocí lo que era ser mala persona. También aprendí el significado de la palabra bulling y fue en ese momento cuando empecé a dejar de jugar con muñecas. Siempre pensé que podría haber hecho mucho más por ella, y me  quedé con el temor de que no le dejaran ser feliz.

Al tener por segunda vez ese tipo de pesadilla, decidí hacer todo lo que no había hecho dos años atrás. Ya que nadie se quería sentar al lado de la ‘chica invisible’, yo me ofrecí voluntaria.

El primer mes fue un infierno. No me hablaba, al preguntarle algo sólo asentía o negaba con la cabeza. Decidí no rendirme. Algunas chicas populares de clase me dijeron indirectamente que me estaba cavando mi propia tumba. Si con nueve años había sido capaz de tirarme de cabeza, ¿cómo iba a ser menos valiente ocho años después?

El primer día de universidad recibí un mensaje de la ‘chica invisible’. Al final del texto puso una carita sonriendo. Era una mujer feliz. Pensé en mi amiga de la infancia. ¿Qué habría sido de ella? Justo en ese momento una voz familiar me llamó. Me giré. Era una mujer con cara radiante. Se aproximó y me abrazó. Mi primera pesadilla, había llegado a su fin.

Escrito por: Yeoshin (seudónimo), alumna de 2º de Periodismo

Fotografía por: Sergio Lacasa

 

Universidad San Jorge