Reportajes

El Cinema Paradiso de Teruel

Interior de la sala Maravillas en Teruel. Imagen: CARTV (Aragón Noticias)

Escrito por: María Gómez

La única sala de cine de Teruel, capital de provincia, atraviesa un momento decisivo en su historia. Tras más de cuatro décadas al frente del Cine Maravillas, su gerente, José Ignacio Navarro, se prepara para una jubilación que deja en el aire el futuro del último espacio de exhibición cinematográfica de la ciudad. En un contexto marcado por la caída de espectadores, la presión de las plataformas y la falta de apoyo institucional, el posible cierre del cine abre una pregunta que preocuparía a cualquiera: qué pierde una ciudad cuando se apaga su única pantalla.

El Cine Maravillas es, desde hace años, la única sala comercial de Teruel, y su edificio, ubicado en la calle San Miguel, acumula casi 80 años de historia, pues antes de convertirse en cine fue el salón del colegio La Salle, como recuerda su gerente, José Ignacio Navarro. Él mismo lleva 42 años al frente, desde que abrió la sala en 1982, en un momento en el que “en España se estaban cerrando cines y la gente alucinaba de que en Teruel abriéramos uno”, explica.

Durante décadas, el Maravillas no fue solo un cine, fue un espacio cultural polivalente, donde “se hacían obras de teatro, títeres, magia, conciertos y un cineclub que funcionó casi 30 años”, como recuerda Navarro. Ese cineclub, apoyado inicialmente por el Ayuntamiento, proyectó películas de autores como Tarkovski, y su programación quedó recogida en la revista Cabiria, editada por el propio cine.

“Yo debería haberme jubilado hace siete años”

En contraste, el principal espacio cultural municipal de la ciudad es el Teatro Marín, un punto histórico situado en la plaza San Juan y descrito como un “lugar perfecto” y “un punto de referencia en la escena cultural de la ciudad” por Agenda de Teatro. Para Navarro, sin embargo, la existencia del Marín demuestra una desigualdad estructural: “El Marín no tiene problema de dinero porque es del Ayuntamiento. Si esto fuera del Ayuntamiento este problema lo habrían solucionado”, afirma en referencia a las inundaciones que afectaron durante años a los camerinos del Maravillas. También critica que algunas actividades culturales que antes se realizaban en el cine se trasladaran a espacios municipales: “prácticamente me hacen la competencia. Si lo hacen gratis en San Julián, ¿qué hago yo?”, algunas para luego desaparecer, como la iniciativa de Cortos y Menudos: “decidieron hacerlo en San Julián un año, la gente no fue y no lo hicieron más. No es lo mismo que hacerlo en el cine, no lo valoran”. Para él, la comparación resume la fragilidad del único cine independiente de la capital frente a infraestructuras públicas que sí cuentan con respaldo económico y político.

El final de una etapa que amenaza al cine

A sus 72 años, Navarro sigue al frente del cine por compromiso y por la falta de relevo: “Hay gente interesada en quedarse el cine, pero no es gente de Teruel. Me gustaría que fuera gente de aquí porque se ve y se trabaja de otra manera”, afirma.

El gerente admite que siente presión por ser el último cine de la ciudad, y que la continuidad del proyecto es cada vez más difícil, ya que depende, literalmente, de una sola persona, algo que el delegado de Cultura, Carlos Méndez, interpreta como la muestra de “lo complicado que es mantener un proyecto cultural privado en una ciudad pequeña”.

La pandemia aceleró la caída de espectadores y la implantación y uso masivo de las plataformas de streaming, “algo que era de esperar”, pero no de forma tan rápida, sino de manera que “al cine le hubiera dado tiempo a afrontar de otra manera esa situación”. A esto se suma un modelo económico que, según Navarro, hace casi imposible la supervivencia: “De 11.000 euros que hago con un estreno como Avatar, casi 9.000 se van en distribuidoras e IVA”. Explica también que, para proyectar una película de estreno, debe mantenerla en exclusiva durante toda la semana, lo que limita la posibilidad de diversificar la programación. “Yo pondría dos o tres películas infantiles al mes, pero no me dejan”, señala. Las sesiones nocturnas, que antes eran habituales, han desaparecido: “Después de la pandemia, por la noche no venía nadie. Si ganaba dos duros a las 8:30, los perdía a las 10:30”.

“¿Qué hago si no tienen ningún interés?”

A ello se suma la falta de ayudas públicas. “En Aragón no llegan ayudas, en otras comunidades sí”, denuncia. Méndez, por su parte, recuerda que el cine es una iniciativa privada y que el Ayuntamiento “puede colaborar en acciones concretas, pero no asumir la gestión ni el coste económico”. La distancia entre ambas visiones refleja la forma en la que el Maravillas ha funcionado durante décadas como un servicio cultural sin el respaldo estructural que sí tienen otros espacios municipales.

Un problema que va más allá de Teruel

La fragilidad del Cine Maravillas en este momento no es un caso aislado. En toda España las salas de exhibición de ciudades pequeñas atraviesan una crisis estructural que se ha acelerado en la última década. Según el dossier anual de la Federación de Cines de España (FECE), el sector registró en 2024 una caída del 6% en espectadores tras tres años de recuperación, situándose en 73 millones de entradas vendidas. García Casado (2024) señala que más de un tercio de los españoles, 17 millones de personas, ya no puede ir al cine en su propio municipio, y que en una decena de capitales solo queda una sala abierta. Teruel forma parte de esa lista desde hace una década, igual que Zamora, Pontevedra o Soria, donde el Ayuntamiento tuvo que promover la creación de los Cines Mercado para evitar que la ciudad se quedara sin pantalla grande.

Este panorama nacional ayuda a entender por qué la jubilación de Navarro tiene un impacto mayor que el de un simple relevo empresarial. En ciudades pequeñas, cuando cierra la última sala, rara vez se abre otra. Y, como recuerda el delegado de Cultura, Carlos Méndez, “no es una buena noticia que una capital de provincia pierda su única sala comercial”.

El valor simbólico de la última pantalla

Para Navarro, el cine ha sido históricamente un refugio emocional y un espacio de descubrimiento. Recuerda cómo en los años 50, 60 y 70 el cine era “una válvula de escape a una sociedad gris”. Hoy, aunque se comienza a consumir audiovisual de otra manera, él sigue defendiendo el ritual de la sala: “la interacción entre el niño y la pantalla no se consiguen en casa”.

La memoria colectiva también se conserva en la revista Cabiria, que el propio cine impulsa desde hace años y que funciona como un archivo de la historia cinematográfica de Teruel. Cada número recupera la programación del antiguo cineclub, documenta las salas desaparecidas de la provincia y reúne colaboraciones de decenas de personas vinculadas al mundo del cine y la cultura local. Navarro lo explica con orgullo: “Quizá ahora no parece importante, pero dentro de 30 años si alguien quiere saber algo, tendrá un sitio donde quede la memoria”. Para él, Cabiria es, además de una revista, la forma de garantizar que, incluso si la sala desaparece, la memoria del cine en Teruel no se pierda.

Un futuro incierto

El futuro del Cine Maravillas está marcado por una incertidumbre que va más allá de la jubilación de su gerente. Navarro reconoce que la sala necesitaría “una reforma integral” y que la legislación actual complica cualquier relevo: “con la normativa actual no puedes tener nada encima del cine. Este se mantiene porque respeta la legislación antigua”. Esa condición convierte al Maravillas en un espacio irrepetible: si la empresa que lo gestiona cesa su actividad, la sala no podría volver a abrir en las mismas condiciones. “El único cine es este. No creo que nadie venga a hacer un cine nuevo y si este cierra nos quedamos sin cine“.

Navarro expresa qué ocurre con la memoria colectiva cuando se apaga la única pantalla de una ciudad con una imagen que remite directamente a Cinema Paradiso, la película que mejor ha narrado la relación entre un pueblo y su cine. En la versión extendida, el protagonista vuelve a su ciudad natal justo cuando la sala de su infancia va a ser demolida. “Cuando explota el cine en la película, es como si explotara tu memoria, como si dejara de existir”, dice Navarro. Para él, esa escena no es solo ficción: es la metáfora más precisa de lo que perdería la ciudad de Teruel si el Maravillas cerrara. No desaparecería únicamente un negocio, sino un lugar donde varias generaciones han aprendido a mirar, a emocionarse y a estar juntas a la luz de un proyector.

El futuro del Maravillas está todavía sin cerrar, pero su posible desaparición preocupa a todo el mundo. En Teruel, la respuesta a lo que perdería la ciudad sin su único cine no se mide solo en butacas o taquilla, sino en memoria, comunidad y una forma de mirar el mundo que durante más de cuatro décadas ha tenido un lugar propio. Si algún día la pantalla del Maravillas se apaga, supondrá el cierre de un capítulo esencial de la vida cultural de la ciudad.

Acerca del autor

Redaccion

Comentar

Clic aquí para escribir un comentario


Universidad San Jorge