Entrevistas

Antón Castro: “La libertad de prensa es fundamental para contar la vida, pero hoy en día es una asignatura pendiente”

Antón Castro | Libertad de prensa
Antón Castro, escritor de nivel, habla sobre la libertad de prensa en España
Antón Castro, escritor y dramaturgo Español. Foto: Gonzalo Alba.

Antón Castro (La Coruña, 1959) es escritor y dramaturgo español. Residente en Zaragoza desde los años 80, en 2013 fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Cultural por su labor en los medios, especialmente en Heraldo de Aragón, donde escribe actualmente. Le entrevistamos el Día Mundial de la Libertad de Prensa.

Has vivido la transición del plomo a la pantalla. En este ecosistema saturado, ¿crees que la libertad de prensa corre más peligro por la censura externa o por la precariedad de las redacciones?

Se acaba de morir Soledad Gallego y decía que la verdad en periodismo es posible. Para que exista la verdad tiene que existir libertad de prensa. Hablar de prensa y de libertad es algo indisoluble; no puede existir periodismo —contar lo que pasa, dar voz a la gente, hablar de los problemas de la vida— sin libertad de prensa. Yo empecé en el periodismo en el año 87, cuando se hacía la transición a los ordenadores. Hasta entonces se escribía con máquinas de escribir. Han cambiado muchas cosas. La Transición fue un momento maravilloso: tuvo problemas y conflictos, pero también fue el momento de airear todo, de asumir una nueva libertad de expresión.

Una situación diferente a la vivida en la actualidad.

Ahora estamos en un proceso muy complicado. Hay una gran concentración de prensa; la prensa quiere ser más que nunca el cuarto poder, y eso le está restando mucha libertad. Lo tengo claro: la libertad de prensa es fundamental para contar la vida. Hoy, más que nunca, es una asignatura pendiente. Lo vemos en los juicios o a la hora de contar lo que ocurre con el gobierno o la oposición. Además, contar la verdad es un problema filosófico. No siempre es tan fácil como parece, y no solo porque haya presiones, sino porque las cosas a veces se enmarañan y se vuelven complejas. El periodismo tiene que encontrar dónde está la claridad, con todas sus contradicciones.

¿Consideras que el periodismo cultural puede ser el último bastión donde esa libertad para decir verdades aún exista?

Ningún sector es inocente ni está libre. Si hablamos de periodismo cultural y de los grupos que mandan, todo puede usarse como escaparate y forma de poder. Aunque cuando haces una crítica de teatro o de un libro parece que eres muy libre, te das cuenta de que hay muchas cosas condicionadas. Piensa en el Premio Planeta: todo el mundo sabe que ese premio está negociado de antemano con los agentes y el escritor, y todos participamos de ese paripé. Ahí no somos honestos con nuestra profesión. Sin embargo, creo que el periodismo cultural es un refugio porque la cultura es necesaria para todo. Sin cultura no existe vida, ni sensibilidad, ni siquiera economía. Contar lo que pasa en la cultura es, a veces, menos comprometido que meterte con el PP, el PSOE o el caso Begoña Gómez.

Vivimos en una sociedad muy condicionada por los poderes fácticos. Pero la cultura sigue siendo un lugar donde experimentar con las historias y el relato. Eso sí: grupos como Atresmedia tienen intereses políticos que lo mediatizan todo. Uno nunca es neutral; aunque no mientas, tienes una visión del mundo y una apuesta personal.

La «dictadura del algoritmo» busca audiencia inmediata. ¿Condiciona esa tiranía del clic la libertad del periodista?

El clickbait es lo que lleva a que se muera el periodismo. El periodismo es rigor, emoción, belleza y saber contar historias. Pero si te fijas en lo que funciona… en mi periódico, Letizia Ortiz vuelve loca a la gente. Puedes hacer una entrevista seria con Serrat y a lo mejor no tiene aceptación. Pero si sacas una frase suya como «tenemos que cuidar a los viejos», de repente tiene un éxito enorme.

¿De qué depende?

Depende de empresas de poder. Hay que estar a favor de la modernidad, pero también hay que cuidar la autodestrucción. El periodismo lleva años caminando hacia ella. Primero abrimos toda la información gratis, luego la cerramos. Antes los periódicos en papel los quería todo el mundo; ahora no le interesan a casi nadie. Vivimos en esa contradicción. Si el periodismo está condenado a que lo que funcione sean citas de Marco Aurelio, creo que es el principio del fin.

¿Es más libre el periodista que escribe desde la periferia o siente más presión de los poderes locales?

El periodista siempre tiene que hablar con la gente, investigar y acceder a los documentos. Si vives aquí y hablas de cosas de aquí, los poderes locales se te echan encima. Los gabinetes de prensa se han convertido en gabinetes de persecución. Si haces una información que cuestiona a la alcaldesa de Zaragoza, te llaman enseguida para decirte: «Oye, esto no lo esperaba de ti». El periodismo es libertad y confrontación de fuentes. No puede estar controlado por la alcaldía ni por el presidente de las Cortes. Soledad Gallego-Díaz decía que un periodista no puede ser amigo de un político, porque un político es un gestor público. El periodista tiene que creer en la independencia.

Lo que pasa ahora es que, si no molestas, resultas indiferente. Si dedicas tres páginas positivas a una exposición del Gobierno de Aragón, no te van a dar las gracias. Pero si les tocas un poco, se incomodan. El periodismo es más necesario que nunca, pero parece que solo motiva cuando las noticias son malas.

¿Existe una autocensura invisible dictada por lo «políticamente correcto»?

Hay varias autocensuras. La primera es la del medio: si trabajas en un periódico refractario a ciertas ideas, llega un momento en que dejas de proponer temas porque sabes que los editores no los quieren. La segunda es la de lo políticamente correcto. Nos hemos vuelto muy sensibles. Si dices una frase inocente como «veo menos que un ciego», hay quien se siente agredido. A veces no entendemos la diferencia entre libertad de expresión y respeto a los demás. Y hay una tercera: la autocensura afectiva. Si eres amigo de un gestor público y tienes que decir que ha cometido un error, te cuesta por el afecto. El periodismo no es una forma de agresión, sino de incomodidad y denuncia. Pero como somos humanos, el afecto a veces nos frena.

Antes el editor era el escudo del redactor. Hoy los medios están en manos de grandes grupos de inversión. ¿Quién protege al que escribe?

La protege el propio periódico con sus normas, pero también el rigor del periodista. Es una situación de extrema precariedad: los periodistas jóvenes lo pasan fatal, y los veteranos también. Te protegen la redacción, el editor, los códigos deontológicos y las asociaciones de periodistas, aunque hoy es muy fácil que te echen a la calle. En la precariedad, uno siente miedo. Pero el periodista no tiene que ser un suicida; debe cuidar su salud. Tengo compañeras a las que han amenazado con romperles las piernas por lo que escriben. Lo que te protege es saber que estás contando lo que los datos te han dado; no estás agrediendo a nadie por gusto. La veracidad es el mejor código deontológico que existe, aunque pueda ser peligroso.

¿Qué consejo le darías a un joven que empieza hoy en la facultad de periodismo?

Primero, que la firma es algo que se conquista sin buscarlo; no es lo fundamental. Si quieres ser famoso, el periodismo no es el sitio. Lo fundamental es el rigor y la pasión. Lo primero es la curiosidad. El mundo es inmenso y, aunque sea un laberinto de injusticias, hay que tener los ojos y los oídos muy abiertos. Segundo, no se puede ser periodista si no amas el oficio y las formas de contar. Eso significa exigencia, pulcritud, belleza e imaginación. Y significa leer. No puedes ser periodista sin saber qué hace El País, El Heraldo, El Mundo o la prensa internacional. Hay que conocer el oficio para luego ser capaz de romperlo.

Y aunque es un oficio de extrema precariedad, no hay que arrojar más confusión al mundo, sino buscar claridad. Por último: el periodista tiene que amar a la gente. Llevo casi 40 años en esto porque siempre me ha gustado la gente. Ellos me han dado su confianza, sus historias y su vida. Ganarse esa confianza es la tarea que el periodista siempre tiene que conquistar. La cumbre es la verdad, y llegas a ella porque la gente te ha puesto el corazón en la mano y te ha dicho: «Aquí lo tienes, cuéntalo».

Acerca del autor

Gonzalo Alba

Comentar

Clic aquí para escribir un comentario


Universidad San Jorge