1983. España acogía la libertad, y las calles de Malasaña y el frecuentado bar La Vía Láctea funcionaban como un laboratorio de una generación con faldas vaqueras y maquillajes exagerados en Madrid. Así se repetía en Barcelona, Bilbao, Valencia, Zaragoza…
Hoy, algunos comparan esa excentricidad con la actualidad: frente a una tecnología que se escapa de nuestro entendimiento, hiperconsumismo exacerbado y la masificación de la música en macrofestivales, un efecto rebote ensalza las mentes que buscan lo orgánico y la creatividad. Sellos alejados de las multinacionales, salas que apuestan por el sudor y los decibelios desbordados y festivales que priorizan la comunidad frente al beneficio. Es allí donde una nueva generación inicia una rebelión con su propio sonido, demostrando que aún queda rastro de esa autenticidad que algunos creen perdida. Según el Anuario SGAE 2025, la música popular vive su mejor momento histórico en España: más de 120.000 conciertos y casi 26 millones de asistentes en 2024. Pero ¿quién sostiene todo eso?
El calor de Benidorm en julio puede intimidar y, gracias a ganar el concurso Emerge Vibra Mahou, Elia, Laura y Lucía se enfrentaban por primera vez a un escenario de tal magnitud. No fue hasta el último momento que la confusión desapareció: La 126 iba a sonar por los altavoces del Low Festival.
Llegar hasta ahí no fue casual. Entre pupitres y polvo de tiza eran unas amigas que soñaban con hacer música, pero sin tener claro exactamente cómo. Su primera oportunidad fue un concierto en un pequeño bar de Elche llamado «La Gatera», el lugar en el que comenzó todo para La 126.
Detrás de cada primera vez hay una sala que apostó. Luis Costa lleva más de 15 años detrás de El Veintiuno, en Huesca, y lo tiene claro: «Son el primer entorno real donde una banda aprende a enfrentarse a un público de verdad». Para él, las salas pequeñas y medianas son esenciales. «Es donde se construye todo: el directo, la conexión y la capacidad de convocatoria».
Lo que busca Costa en una banda no son los números, sino el potencial: un directo que funcione y una identidad reconocible. «Hay bandas muy buenas que se quedan por el camino por falta de continuidad. Otras que, sin ser perfectas al inicio, crecen porque entienden que esto es una carrera de fondo».
«Sin este tejido de salas, el salto a festivales o grandes recintos sería inviable», Luis Costa
En su sala, ninguna banda ha pagado nunca un alquiler. El modelo es otro: taquilla compartida, técnico de sonido incluido y el objetivo de que el paso por la ciudad sea una buena experiencia. «Mantener una programación constante y de calidad sin comprometer la viabilidad es probablemente el mayor reto», reconoce. «Sin este tejido de salas, el salto a festivales o grandes recintos sería inviable».
El primer escalón
Cuando salió la convocatoria del concurso Emerge Vibra Mahou, Laura lo tuvo claro desde un inicio: «A mí el cuerpo me decía algo». No fue solo intuición: tras una gran campaña consiguieron los votos necesarios para llegar a la final en la sala Estéreo de Valencia. Esa noche, con el resultado entre interrogantes, Laura se hizo un esguince antes de salir al escenario. Le dio igual. «Cuando llega ese momento en el que existe el riesgo de perder o ganar algo, juega a nuestro favor», explica Lucía. Ganaron. Iban a tocar en uno de los festivales de música indie más destacados de España.
Lo que vino después fue gestionar, por primera vez, la logística de un festival de verdad: acreditaciones, técnicos de sonido, riders, horarios… Nada que ver con su experiencia previa en salas. «Nos vino todo muy grande», admite Laura, «pero lo pasamos bien».
Llegó el momento de subirse al escenario más grande del Festival, el mismo en el que había tocado Amaral la noche anterior. Eran tres personas en un escenario de 24×32 metros. «Éramos pequeñas», dice Lucía, «pero considero que lo llenamos».
La diferencia entre un macro y un micro, según La 126, no es solo el tamaño, sino el trato. «Cuanto más grande es una producción, más organizado está todo, pero también más lejanía hay cuando surge un problema». Para Elia, los microfestivales ofrecen algo que los grandes no pueden dar: «Son un punto de encuentro. Da pie a que tanto espectador como banda tengan un espacio de conexión y conocimiento que compartir». Laura añade que el propósito de muchas de estas propuestas es introducir a la rueda de la industria a bandas underground que aportan algo nuevo a la escena.
Jaime Villanueva defiende precisamente eso al frente de Zaragoza Feliz Feliz, con una labor «curatorial» como sello de identidad. Un festival que entiende la actividad cultural sin ánimo de lucro.
«Lo nuestro es una afición que se nos ha ido de las manos. El día que ya no le interese al público, dejaremos que pase al siguiente», Jaime Villanueva
Más allá del escenario
Ganar el Low no fue el final del camino, sino el principio de otro. Gracias a Grabaciones Vistabella, un pequeño sello murciano que las acompañaba desde sus inicios, se abrieron paso a algo más grande: Pink Flamingos y Ártica. La primera, encargada del management —la estrategia del artista— y la segunda del booking — la contratación de conciertos—. Este salto permitió que tres chicas que hacían música de forma completamente independiente tuviesen un equipo detrás que lo cambió todo. «De repente no tienes que gestionar tantas cosas. Te despreocupas de la parte aburrida y puedes dedicarte más a la música», explica Elia.
«Sin la discográfica no hubiésemos podido grabar nuestras canciones. No teníamos dinero», admite Elia. Un sello independiente no es solo financiación, es acceso: «Cuando subes una canción tú sola, las oportunidades de aparecer en una playlist de Spotify —como Novedades Viernes, Radar Indie, Rock 2026…— son tan ínfimas que ni te las planteas. Con una distribuidora te catapultan: acciones de comunicación, promoción, algoritmos, contactos… Es un gran escaparate que te da acceso a miles de lugares», aclara Lucía.
Y en un mercado donde la música grabada en España creció un 13,7% en 2024 impulsada casi en su totalidad por el streaming, según datos de Promusicae, saber moverse en el ecosistema digital marca la diferencia. El 56% de los éxitos españoles pertenecen a artistas o sellos independientes. La música surge desde muchos más lugares de los que parece.
¿Se puede vivir de esto?
«No hemos ganado ni un euro a día de hoy», comenta Laura. En su caso, los ingresos que genera el grupo se van como fondo de inversión para la banda, haciendo que las integrantes no tengan que poner de su propio bolsillo y puedan continuar con el proyecto. Trabajan como si fuera un trabajo, pero sin cobrar. Ellas lo ven como una inversión a largo plazo: «Hay que tener compromiso y templanza», comenta Lucía. «Vamos a seguir con el proyecto todo el tiempo que se pueda», recalca Elia.
«Si hablas con cualquier artista te va a decir que el mayor reto es el económico. Al final son gastos constantes: grabación, promoción, directos… en un contexto donde los ingresos por streaming son muy bajos salvo en casos muy concretos», Elsa Márquez
Los números lo confirman. Según Promusicae, el 60% del consumo musical en España se genera a través de cuentas gratuitas financiadas con publicidad, que sin embargo solo aportan el 28,7% de los ingresos de la industria. En otras palabras: la mayor parte de la música se escucha sin que el dinero llegue a quien la crea. Miles de reproducciones que se traducen en céntimos. Para una banda emergente como La 126, Spotify da visibilidad, pero no dinero.
Una carrera de fondo
Todo en un comienzo es complicado. Cuando empezó La 126, a Laura le hubiese gustado confiar en sí misma y disfrutar más de los conciertos, a Elia saber desenvolverse mejor en situaciones amargas y complicadas de comprender, y Lucía querría haber evitado comparaciones que no aportaban a su desarrollo como artista. Ahora, son conscientes de lo que quieren: «Queremos seguir juntas, quemar carretera y que la gente venga a vernos. Con tener un mínimo ingreso que nos permita seguir haciendo esto, ¿para qué más?», admite Laura.
Llegar ahí no es sencillo. «La vergüenza no juega a tu favor, tienes que mostrar que estás. Venderte, elaborar, desarrollar… hacerte valer y demostrar que mereces estar ahí», dice Lucía. «Tienes que tener mucha cara, pero también suerte», puntualiza Laura.
Laura opina que la escena que las rodea «está candente» y que este fenómeno está creciendo mucho, llegando incluso a haber cierto overbookingmusical que hace que distinguirse sea complicado. Márquez lo confirma desde fuera, definiendo el panorama musical actual como algo dual: «Hay más proyectos que nunca y una gran diversidad, pero eso mismo nos está llevando a una cierta saturación. Los artistas se mueven con más facilidad, pero es más difícil destacar». Y quienes sostienen el ecosistema desde abajo también lo notan. Costa subraya que la sostenibilidad económica y la competencia actual son los principales retos, mientras que, para Villanueva, Zaragoza Feliz Feliz no es un negocio, sino «algo artesanal que no puede pagar grandes cachés».
Puede que no haya que comparar lo que está pasando ahora con la ochentera y desinhibida Movida para entenderlo. Puede que el ecosistema que sostiene esta efervescencia musical hoy en España no haya sido producto de una ruptura política y cultural ni de una inversión institucional. Puede que lo que estemos viviendo sea, en gran parte, gracias a todas esas salas que aguantan con márgenes mínimos, festivales artesanales que priorizan la experiencia a los beneficios, y grupos que a pesar de todo el trabajo y la poca remuneración, siguen ensayando y luchando por su pasión.Puede que ahora haya tres chicas ensayando en un pequeño local para su próximo concierto en su ciudad sin saber hacia dónde les va a llevar todo esto.



















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