La música no se queda en algo meramente lúdico, sino que es la necesidad del ser humano de encontrar su propia identidad a través de la vibración y la emoción.
El verano de 2025 quedó marcado por el esperado reencuentro de Oasis. En su primer concierto de Londres, uno de los vídeos más virales en redes sociales no enfocaba a los hermanos Gallagher, sino que mostraba a una chica interpretando las canciones en lengua de signos mientras parte del público rugía. La escena planteó una cuestión que iba más allá de ese concierto: ¿qué significa la música para aquellos que no pueden oírla?
Esa necesidad de sentir el ritmo no es solo una cuestión de ocio. Para Susana Gracia, hija de padres sordos prelocutivos e intérprete de lengua de signos española, la música entró en su casa de una forma distinta a lo habitual. A sus padres no les importaba qué decía la canción, sino lo que esta transmitía. “Preguntaban mucho sobre el ritmo, si era muy triste o alegre, para divertirse … Intentábamos trasmitir un poco la emoción más que el contenido”, relata.
Esa capacidad de descodificar la emoción es lo que el neurólogo Oliver Sacks define en su libro Musicofilia como una necesidad biológica. Sacks sostiene que la música puede penetrar en el cerebro incluso cuando otras formas de comunicación fallan, añadiendo que somos música antes que lenguaje. Esta idea rompe con la concepción de la música como medio sonoro, pudiendo vivir la música mediante otros sentidos, tales como la vista, el cuerpo o las propias emociones.
Esta realidad no es una excepción aislada. En España, según la Encuesta sobre Discapacidad, Autonomía personal y situaciones de Dependencia del INE, existen más de 1,2 millones de personas con algún tipo de discapacidad auditiva. De ellas, un 2,2% utilizan la lengua de signos española como lengua principal, una cifra que crece cuando se considera el entorno familiar y profesional que, como Susana Gracia, actúan de puente entre dos mundos.
Para el entorno de la intérprete, este sentimiento trasciende más allá de las paredes del hogar, trasladándose también al ocio nocturno, donde el volumen permite que el sonido deje de oírse para palparse. Gracia explica que su grupo de amigos sordos no buscaba la pista de baile, sino la cercanía con los altavoces, ya que “ahí es donde más se siente la música”, explica. Allí, donde el sonido hace vibrar la caja torácica, la música deja de ser un concepto para convertirse en un golpe de realidad.
Esto es algo que hace años no era posible. Los padres de la intérprete siempre han podido disfrutar de los antiguos guateques, pero el volumen de la música era menor y, por lo tanto, era mucho más complicado poder bailar al ritmo, recurriendo a la observación e imitación. “Cuando puedes sentir el ‘bom bom bom’ y, al mismo tiempo, tienes una luz que parpadea con la música, es más fácil seguirla”, relata.
Traducir el alma de la obra
Sin embargo, para que esa vibración física se transforme en un mensaje complejo, es necesaria la figura del intérprete. Para Susana Gracia, la interpretación musical es un ejercicio de máximo respeto y profundidad, donde no es solo mover las manos o traducir de forma literal la letra de la canción. Tal y como dice Gracia, “si vais a interpretar una canción tenéis que ir a lo que es el mensaje, no os podéis quedar en la superficie”. Traducir una canción sin transmitir su mensaje es como traducir un poema literalmente: se pierde la rima y, en definitiva, el alma de la obra.
Un referente de esta labor es Beatriz Romero, intérprete habitual de la cantante Rozalén. Romero, en una entrevista concedida al medio de comunicación 20 minutos, insiste en que no es un idioma de segunda, sino una lengua tan rica como cualquier otra. Ambas trabajan juntas, prácticamente, desde el inicio del proceso creativo de componer una canción, por lo que en todo momento es conocedora de lo que la cantante quiere trasmitir en cada verso.
La piel como partitura
Pero, ¿qué pasa cuando el canal visual también se pierde? Mapi Martínez, educadora y mediadora comunicativa de Jorge España, un joven con sordoceguera congénita total, hasta 2021, explica que, aproximadamente, el 97% de la información que recibimos nos entra por la vista y por el oído, por lo que personas como Jorge solo son capaces de obtener ese 3% de la información que les rodea. Así pues, en este caso, las personas con sordoceguera tienen una relación con la música exclusivamente táctil. “Una de las cosas que más hace Jorge cuando tú cantas o hablas es apoyar una de sus manos en tu garganta. De este modo, el ritmo de tu voz le dice todo. Le dice cómo estás tú”, relata Martínez.
Volviendo a ese estadio de Londres, la imagen de una mujer interpretando las canciones de los hermanos Gallagher cobra un nuevo sentido. No era un simple ejercicio de traducción, sino su forma de transmitir su pasión por la música a todos aquellos que comparten su lengua para que pudieran sentirse parte de algo inmenso.
Como apuntaba Oliver Sacks, la música no es un lujo, sino una necesidad biológica que nos precede, capaz de sobrevivir cuando otros sistemas de comunicación fallan. Las vivencias de Susana Gracia con su familia y amigos, y la labor de Mapi Martínez con Jorge demuestran que la sordera no es una barrera infranqueable, sino un lienzo distinto donde dibujar nuevos acordes. Ya sea acercándose a los altavoces de una discoteca, interpretando las canciones o acercando la mano a la garganta, la música es un camino que siempre encuentra la forma de manifestarse.
Al fin y al cabo, la respuesta a la pregunta qué significa la música para aquellos que no pueden oírla es muy sencilla. Significa lo mismo que para los oyentes, simplemente la viven de otro modo. La música es identidad, es memoria y, sobre todo, es conexión. Porque, al final, no hace falta escuchar la voz de Oasis para entender que, a veces, la música es lo único que nos hace sentir que vamos a, como dijeron los hermanos Gallagher, Live Forever (Vivir para siempre).
Aprender a escuchar el cine
El cine ha sido, históricamente, el escaparate perfecto para contar historias de colectivos no tan visibilizados, y la sociedad sorda ha sido un ejemplo de ello. Susana Gracia se muestra crítica con la industria cinematográfica tradicional, que solía utilizar la sordera para hacer comedia o, en su defecto, un drama paternalista. “Se lleva todo a lo cómico, a lo caricaturesco. Falta hacer algo más de visión desde dentro de la comunidad”, denuncia.
España está viviendo un gran momento para la representación de las personas sordas con el reciente estreno de Sorda, película dirigida por Eva Libertad y que ya ha hecho historia siendo la primera película española en lengua de signos preseleccionada para los premios Oscar. Así pues, este tipo de cine busca justo lo que Gracia reivindica: que la sordera deje de ser una “limitación” narrativa para pasar a ser una “realidad lingüística”.
En definitiva, no se trata de cubrir una cuota en pantalla, sino de entender que la interpretación exige un compromiso y un rigor narrativo empezando con, tal y como dice la intérprete, reconocer que la lengua de signos no es un disfraz actoral, sino el alma de una comunidad que ya no pide permiso para contar sus propias historias.



















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