Reportajes

Despoblación en Aragón: la vida en un pueblo pequeño frente a un pueblo grande

Escrito por: Rodrigo Cruz y Lucía Segura

Radiografía comparada del Aragón rural ante la despoblación: dos municipios y una misma tendencia demográfica.

Un cartel verde cuelga ahora de una de las fachadas de un pequeño pueblo de las Cinco Villas: Luesia. Bar La Esmeralda. Durante años, ese local permaneció cerrado. El bar que le precedió, La Sinoga, bajó la persiana por jubilación de sus propietarios, como pasó con los otros dos bares del pueblo, que se quedó sin ningún bar abierto.

La ausencia de este tipo de negocios en un municipio pequeño va más allá de la falta de un servicio. En los pueblos, el bar es uno de los principales espacios de ocio. Su cierre supuso un nuevo síntoma del proceso de despoblación que atraviesa Luesia.

El pasado mes de junio, la situación cambió. El local volvió a abrir y recuperó su función como punto de encuentro para los vecinos. Esta reapertura llegó de la mano de Mayerli Patricia Bernal, una mujer colombiana que, tras emigrar a España buscando seguridad para sus hijos, participó en el programa de repoblación del Ayuntamiento de Luesia

Patricia Bernal: empezar de cero en un pueblo pequeño

Patricia Bernal trabajaba en una fábrica de calzado en Colombia. Decidió marcharse cuando vio cómo aumentaba la violencia entre adolescentes en su país natal. “En Colombia los niños empiezan desde muy jóvenes a consumir alcohol, drogas y dedicarse al vandalismo. Esto fue el detonante para emigrar”, explica.

Tras establecerse en Sevilla durante año, donde tuvieron un buen recibimiento, Patricia y su familia se trasladaron a Luesia gracias al programa de repoblación, donde, según ella relata, les va mejor: “No nos imaginábamos que llegar a Luesia fuera mejor que Sevilla, pero, todo lo contrario. Aquí vivimos mejor, económicamente y socialmente. Los niños están mejor aquí que en Sevilla, la escuela es más pequeña, pero muy unida”. 

Bernal continúa hablando del plan de repoblación, un plan que ofrece vivienda y empleo a familias con hijos para mantener servicios esenciales como la escuela. Aunque lo valora positivamente e indica tener “buenas bases”, menciona también la falta de proyectos que atraigan a gente joven y adulta. El testimonio de Patricia ilustra cómo es la vida en un municipio que en los últimos años ha atravesado tensiones para sostenerse como comunidad.

Luesia frente a la despoblación

Luesia se encuentra en el corazón de la comarca de las Cinco Villas, y lleva años luchando por sobrevivir al desafío de la despoblación. Con alrededor de 335 habitantes censados, una media de edad por encima de los 50 años y algunos servicios esenciales y emblemáticos colapsando, este pequeño pueblo prepirenaico aragonés que busca reinventarse. Iniciativas como el programa de viviendas municipales o la mejora de la conectividad digital, ofrecen esperanza para atraer a nuevas familias y revitalizar su escuela, símbolo de un futuro que aún resiste a desaparecer.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), Luesia cuenta con 335 habitantes censados. La media de edad oscila entre los 52 años y los 62 años, y la población mayor de 65 años, que supone 31,8% (106 personas), es casi cuatro veces superior a la menor de 18 años (8,1%, 27 personas).

La villa de Luesia y entorno natural que cuenta con casi nueve mil hectáreas, entra las que se encuentran las turísticas pozas naturales, Pigalo o la sierra de Santo Domingo.

El papel del ayuntamiento

En ese esfuerzo por mantener la vida del municipio, el papel del ayuntamiento resulta decisivo. Jaime Lacosta, alcalde de Luesia desde hace más de diez años, conoce de primera mano los retos demográficos del pueblo y trabaja para sostener unos servicios cada vez más frágiles.

Lacosta, tras licenciarse en Relaciones laborales y Recursos Humanos, regresó al pueblo. “No me veía trabajando en la oficina, me gustaba más trabajar en el campo”, comenta. Aunque cuando se le propuso rechazó participar en la política, finalmente acabó accediendo. “Si no estabas dentro del ayuntamiento, no podías influir y si no lo hacías tú, lo hará otro que quizá no tenga tu enfoque”, reflexiona.

El alcalde expone los distintos retos del sector servicios que enfrenta el municipio. Lacosta confiesa que el principal objetivo en cuanto a la repoblación no es traer más servicios al pueblo, sino estabilizar los que hay. En los últimos dos años han cerrado la panadería y un bar. Otro bar se ha traspasado, al igual que la tienda de ultramarinos.  Jaime Lacosta se muestra consternado al nombrar estos hechos y enfatiza un problema grave que involucra a toda la comarca de las Cinco Villas, la falta de atención médica. “Hay una gran escasez de médicos de familia en el centro de salud de Ejea de los Caballeros, estos días de 17 médicos hay 8 en plantilla. El resto está vacante o de baja y estos días. En el periodo vacacional, ha llegado a haber dos médicos en toda la zona de salud de Ejea de los Caballeros”, explica Lacosta. Este problema tuvo respuesta por sus habitantes.

Durante los últimos meses, se realizaron protestas en muchos puntos de la comarca. En Luesia se realizó una concentración frente al ayuntamiento. A pesar de intentar afianzar el problema, este persiste: “Parecía que habían conseguido que algunos médicos extracomunitarios, pero no han conseguido estabilizarlos. Es probable que se reinicien nuevamente las protestas”.

Concentración de los habitantes de Luesia frente al ayuntamiento por la mala sanidad rural.

Estrategias de repoblación

Lacosta explica también estrategias utilizadas en Luesia para atraer habitantes. La principal es a través de la vivienda.  “Ofrecemos viviendas desde 200 hasta 350 euros por un periodo de tres años. Al cuarto aumenta a 50 euros y al quinto otros 50 euros. Así, el quinto año ya les compensa irse al mercado y el ayuntamiento recupera ese inmueble para reiniciar el proceso.” El propio alcalde acredita que esta iniciativa cuenta con subvenciones del programa LEADER, una iniciativa de la Unión Europea diseñada para promover el desarrollo rural.

“Para nosotros el hito fundamental es que la escuela siga viva”. La escuela de Luesia es un pequeño centro de educación rural en el que están escolarizados once niños. En este programa de repoblación un requisito indispensable es que la familia que se vaya a beneficiar de este programa debe de tener al menos un hijo que pueda acudir a la escuela del pueblo. “El parque de vivienda municipal se vincula también a traer familias con niños para la escuela. Mantener la escuela en el municipio es lo que nos significa que el pueblo todavía vive”.

Voces del pueblo: quedarse o irse

La visión de Izarbe Cucalón, que llegó a Luesia con nueve años tras vivir su infancia en Zaragoza, muestra la adaptación de una generación que conoció el pueblo en plena transición. Recuerda que al principio pensó que mudarse sería positivo porque “me parecía que el día a día iba a ser igual que un fin de semana”, pero pronto descubrió una realidad más difícil: “lo pasé un poco mal con el cambio”, explica, al pasar de tener muchos compañeros a estar en una clase donde “como mucho éramos diez”. Aun así, guarda recuerdos que valora, como tener “más libertad que en la ciudad” o las tardes en el parque. Hoy sigue viviendo en Luesia para ayudar a sus padres en el bar, aunque reconoce que quiere volver a Zaragoza en cuanto pueda: “mi idea es volverme en cuanto encuentre trabajo de lo mío”. Entre los mayores retos que señala están la falta de jóvenes entre semana, los problemas de conectividad y la escasez de servicios básicos. También cree que las iniciativas de repoblación deberían pensar más en la juventud local: “Ponen muchas facilidades a familias que vienen de fuera, pero a nosotros no nos dan oportunidades”. Aun así, afirma que la llegada de nuevas familias ha sido positiva y que algunas han conseguido integrarse, aunque muchas otras se marchan por falta de recursos y actividades.

El contraste generacional en cuanto a la vida en Luesia los aporta Cecilia Cortés, que nunca ha dejado Luesia. Cecilia ve, con una mirada amplia, cómo ha cambiado el pueblo en las últimas décadas. Recuerda su juventud como una etapa en la que el municipio “era precioso” y en la que “en la calle siempre había gente y pasaba”, con vecinos que mantenían un trato constante: “subíamos y bajábamos por nada a la casa de enfrente”. Explica que el cambio empezó cuando muchas familias comenzaron a marcharse por motivos laborales: “se iban porque no tenían trabajo”, resume. Aun así, conserva el recuerdo de una convivencia intensa y cercana: “Vivíamos muy bien; había cine, había baile”, y afirma que en verano el pueblo sigue recuperando parte de esa vitalidad, cuando “las casas se llenan” y “a todas horas ves gente”. De su infancia también guarda juegos y rutinas que marcaron a toda una generación: “nos íbamos a correr por las casas, a escondernos; lo pasábamos muy bien”. A pesar de los cambios, mantiene que algo esencial permanece: el vínculo emocional con el municipio y la relación con quienes vuelven cada año. “Lo que queda es el amor por el pueblo, todos los que se han ido vuelven con mucho cariño”, dice, convencida de que ese apego sostiene una parte importante de la identidad del pueblo.

Un pueblo grande de Aragón

Mientras tanto, Aragón se levanta orgullosa, en el corazón del Bajo Aragón, en el nordeste de la provincia de Teruel. No es una gran metrópoli, ni pretende serlo. Con alrededor de 16.000 habitantes según los últimos registros oficiales, esta ciudad encarna una figura singular en el mapa aragonés: la de un pueblo grande.

En España, y muy especialmente en Aragón, la palabra pueblo suele asociarse a lugares diminutos, con decenas o pocos cientos de habitantes. Sin embargo, el territorio aragonés, disperso y amplio, ha institucionalizado históricamente la categoría de “municipio” sin establecer umbrales estrictos de población para calificarlo como pueblo o ciudad. En este sentido, localidades con pocos miles de habitantes, como Alcañiz, se consideran con voz propia porque ejercen de centro de servicios, economía y vida social en su entorno, función que en otros contextos solo cumpliría una capital de provincia.

Históricamente, Alcañiz fue un bastión frente a la despoblación que devoraba el mundo rural en el Bajo Aragón. Mientras la comarca perdía casi un tercio de sus habitantes a lo largo del siglo XX, este pueblo fue el núcleo que resistió y atesoró los emigrantes venidos de los pueblos cercanos. Desde finales del siglo XIX, cuando no alcanzaba los 8.000 habitantes, hasta la cifra actual que dobla esa marca, Alcañiz ha sido y sigue siendo un núcleo de estabilidad en medio de un territorio marcado por el envejecimiento y la pérdida de población.

Esta fortaleza demográfica no significa que Alcañiz esté extenso de los problemas del medio rural. Su población envejece, como en buena parte de Aragón. Aun así, su condición de centro comarcal, donde convergen servicios sanitarios, educativos, administrativos y culturales, la convierte en un actor indispensable para cualquier estrategia de lucha contra la despoblación.

Irse para crecer

Desde hace décadas, vecinos de Alcañiz han relatado que su marcha no siempre fue una elección fácil sino una respuesta a la falta de oportunidades laborales, de ocio o a la necesidad de estudiar y trabajar fuera de la comarca.

Un relato recurrente entre quienes emigraron describe la sensación de que el pueblo “ya no ofrecía lo mismo” cuando se acercaba el momento de terminar los estudios superiores o de consolidar una carrera profesional. “A la hora de continuar con mis estudios, me mudé a Zaragoza, dónde conseguí trabajo más tarde pero nunca tuve la intención de volver al pueblo principalmente por la falta de ocio”, explica Jaime, de 53 años, que se mudó a Zaragoza recién cumplida la mayoría de edad.

Estos testimonios provienen de discusiones informales, pero reflejan una vivencia extendida en buena parte de Aragón: muchos jóvenes se marchan a Zaragoza, Madrid o grandes ciudades buscando empleo y desarrollo profesional, dejando tras de sí recuerdos de su infancia que les atan emocionalmente al pueblo a pesar de haber construido nuevas vidas lejos.

La vuelta a lo rural

Frente a estas historias de salida, existen voces que eligen quedarse y, con cada vez más frecuencia, volver al municipio. Estos relatos incorporan motivos de arraigo, calidad de vida y proyectos personales o profesionales desarrollados en Alcañiz.

“Yo nunca me planteé irme del todo”, cuenta Iván, de 22 años. “Aquí está mi familia, mis amigos y toda mi vida. Puede que no haya tantas oportunidades como en una gran ciudad, pero tiene grandes ventajas y ofrece mucha tranquilidad”, relata el joven que, a su corta edad, acaba de adquirir una vivienda en el pueblo, algo que ni siquiera contemplan otros en la ciudad.

No solo hay gente que vuelve al pueblo: también la hay que deja la ciudad para acomodarse en él. “Llegué a Alcañiz porque buscaba un sitio donde empezar algo propio, donde mi negocio no fuera uno más entre cientos. Abrir no ha sido fácil, pero notas que el pueblo te apoya, en una ciudad grande eres anónimo, aquí formas parte de algo”, cuenta Elena, que abrió el restaurante La Chesita y que consiguió un solete de la Guía Repsol en 2021.

Dos realidades de un mismo reto

La comparación entre Luesia y Alcañiz muestra dos caras de un mismo fenómeno. En el pueblo pequeño, el ocio, la educación y la sanidad dependen de equilibrios muy frágiles, donde la pérdida de un solo servicio puede afectar a toda la comunidad. En el pueblo grande, estos servicios están garantizados, pero no siempre evitan la salida de jóvenes.

La despoblación no se explica solo en cifras, sino en decisiones personales, oportunidades reales y proyectos de vida. Mientras Luesia lucha por mantener lo esencial, Alcañiz demuestra que el tamaño importa, pero no lo es todo. Ambos comparten un reto común: ofrecer condiciones suficientes para que vivir en un pueblo, pequeño o grande, siga siendo una opción viable de futuro.

Panorámica de Luesia desde la ermita de San Salvador.

Acerca del autor

Redaccion

Comentar

Clic aquí para escribir un comentario


Universidad San Jorge